365 días de gratitud.


Los últimos cinco años del mundo que he conocido transcurrieron como un declive, una transformación violenta y cruda de nuestra humanidad. No necesito expresar en palabras eso que cada día es imposible esconder de nosotros mismos: Somos frágiles en nuestra condición de seres humanos. El equilibrio entre la empatía y la crueldad está muy lejos de ser una línea marcada y bien definida: la riqueza de nuestra existencia es la lucha, la supervivencia no sólo física sino también  interior. Batallamos por sobrevivirnos -a nosotros mismos-, a nuestra raíz feroz, animal y temerosa. 
Somos guerreros anónimos e insaciables de una esfera intelectual, una que pareciera demasiado elevada, muy abstracta para sostener entre las manos como lámpara. No queremos claridad, preferimos vivir en el mundo del claro oscuro, donde los contornos se pierden y nosotros nos convertimos en el foco de atención. Vemos al final de esa oscuridad la muerte que nos aguarda a todos como un enemigo al que el miedo alienta y preferimos ignorar su concepto como si eso nos volviera invencibles ante su sombra omnipresente. Nos da miedo abrir los ojos a tantos acontecimientos registrados para la historia como una lista de números que en su haber intentan contener vidas completas que se han reducido a polvo. 
En medio del caos se ha perdido la idea de la gratitud como concepto de reconocimiento, de estima. Siendo cínicos  la hemos convertido en un despojo de lo que realmente es, dejando de sentirla en toda la extensión de su palabra. No es fácil sentir gratitud porque poco hemos aprendido de ella; la hemos decorado con el sentimentalismo superficial, robándole su verdadero sentido: La gratitud es un método de supervivencia, una manera de mantener cuerda la mente aterrizando nuestra capacidad sensitiva y emocional al mundo en que vivimos, no al mundo que deseamos o tememos vivir.
Es por eso que en pos de mi propia humanidad tambaleante he decidido hacer este experimento inocuo como un manera de tener presente que en nuestra naturaleza se enfrentan la vida y la muerte en eterna -y pareja- contienda, que la memoria es selectiva y se alimenta del recuerdo vívido, que el tiempo es relativo y que nunca es tarde para aprender...
(a agradecer).



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